Hay algo que al ser humano le ha
obsesionado desde que comenzó a tener uso de conciencia. No estoy
hablando del origen del universo, ni de la existencia de Dios, ni de
la riqueza, y por supuesto, tampoco del sexo. Estoy hablando,
evidentemente, de su obsesión por establecer y batir records. Y es
que abres el Libro Guinness y observas que hay records para todos los
gustos: la persona más tatuada, la que tiene las uñas de los pies
más largas, el morreo en masa más numeroso... El mundo del motor,
como todo en esta vida, no puede mantenerse al margen, y está
repleto de records asombrosos y sorprendentes. Pero de todos, hay uno
que ocupa un especial hueco en mi corazón, aunque no se explicar
exactamente por qué. No es el más espectacular, es más, a día de
hoy tampoco parece gran cosa, pero a mi juicio si es uno de los más
significativos.
En esta industria monopolizada por los
motores de combustión, caminamos poco a poco hacía la alternativa
eléctrica. Sin embargo, como seguramente que bien sabes, la
alternativa eléctrica existe desde hace muchos años. Que digo años,
desde hace más de un siglo, y en el mundo del coche eléctrico, hubo
uno que marcó un verdadero hito. Así que si me lo permites voy a
conectar en condensador de fluzo para llevar a mi DeLorean más
atrás en el tiempo de lo habitualmente lo hago.
Nos vamos nada más y nada menos que a
principios del siglo XIX, con el comienzo de las primeras
investigaciones sobre electromagnetismo. Apareció la primera
locomotora eléctrica (que solo se movía a 6 Km/h) en el año 1835,
y posteriormente el primer carruaje de tracción eléctrica con pila
no recargable en 1839. Y le siguieron una línea electrificada para
trolebuses y trenes.
A finales de siglo, los coches
eléctricos dominaban el mercado, y el ese ansia por destacar que
todos llevamos dentro comenzó a aflorar. De entre ellos, destacó un
señor llamado Camille Jenatzy, que diseño un coche con un único
propósito: superar la inalcanzable barrera de los 100 Km/h. Hasta
entonces, la marca estaba situada en los 92,78 Km/ h que el Conde
Gaston de Chasseloup-Laubat estableció el 4 de marzo
de 1899 en
Ivelines, Francia. Sin embargo, lo que más me gusta de esta
historia, es que el verdadero propósito de este hito no fue batir la
marca mencionada, sino en realidad fue el espíritu competitivo.
Porque para ganar en la pista, primero hay que ganar en el garaje.
Nuestros dos competidores eran, por un lado el belga Camille Jenatzy,
hijo de Constand Jenatzy, fabricante de neumáticos de caucho. Y por
otro, el fabricantes francés Jeantaud. Finalmente, el gato al agua
se lo llevó Jenatzy gracias a su “torpedo rodante”.
Pero vayamos por partes.Queriendo
hacerse un hueco en el prometedor mercado parisino de vehículos
eléctricos, Jenatzy creó una planta de producción que fabricó
numerosos carruajes de motor eléctrico, y pronto comezó su feroz
competencia con el mencionado Jeantaud. Para batir a éste en la tan
disputada carrera por alcanzar los 100 Km/h, Jeantzy se sirvió de
sus estudios de ingeniería para crear un coche con carrocería de
aleación ligera de aluminio, tungsteno y magnesio. Su forma tenía
forma de bala (según un sheriff), torpedo (según un militar), o
supositorio (según un famaceutico), con el propósito de hacerlo lo
más aerodinámico posible, la cual se vio perjudicada por su alto y
vistoso chasis inferior y su alta posición de pilotaje. Estaba
equipado con 2 motores eléctricos “Postel – Vinay” situados en
la parte posterior que rendían una potencia de 67 caballos. Los
motores actuaban directamente sobre las ruedas traseras motrices, las
cuales equipaban neumáticos Michelín.
El día elegido fue el 29 de abril
(según otras fuentes el 1 de mayo) del año 1899, y el lugar
Achéres, Yvelines, cerca de París. El propio señor Jenatzy fue el
encargado de conducir su vehículo al que bautizó como La Jamais
Contente (me abstendré de hacer chistes) alcanzando una velocidad de
105,882 Km/h.
La hazaña ya estaba hecha, y tanto el
coche como su conductor se habían ganado su sitio en las páginas de
la historia del automovilismo. Pero como no, los hitos están para
romperse, y tan solo tres años después, la marca de La Jamais
Contente fue batido por León Serpollet, y al año siguiente, en
1903, Jenatzy recuperó su record en la “Gordon Bennet Cup”, en
Athy, Irlanda, a los mandos de un Mercedes.
Finalmente, en el año 1913, Camille
Jenantzy falleció de una manera estúpida, demostrando que la muerte
no entiende de hazañas, méritos o genialidades. Aunque con su
muerte si nos dejó un buen consejo; si te vas de cacería con los
amiguetes, jamás te escondas detrás de unos arbustos para
asustarlos, y más si están armados hasta los dientes. Murió de
camino al hospital, montado en un Mercedes, tal y como él mismo
había profetizado. La muerte no está exenta de cierta ironía.
Por su parte, todo parecía indicar que
el vehículo eléctrico tenía un futuro prometedor. Sin embargo,
pronto se vio condenado al olvido por culpa del motor de combustión
y, sobre todo, por la fuerte apuesta que por él hizo un tal Henry
Ford y su revolucionaria cadena de montaje.
Actualmente, el La Jamais Contente se
encuentra expuesto en el museo del automóvil de Compiégne, Francia.
Fuentes: Wikipedia / Motorpasionfuturo / Autopasión18









