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20/05/2013

Regreso al "Futuro". La Jamais Contente.




Hay algo que al ser humano le ha obsesionado desde que comenzó a tener uso de conciencia. No estoy hablando del origen del universo, ni de la existencia de Dios, ni de la riqueza, y por supuesto, tampoco del sexo. Estoy hablando, evidentemente, de su obsesión por establecer y batir records. Y es que abres el Libro Guinness y observas que hay records para todos los gustos: la persona más tatuada, la que tiene las uñas de los pies más largas, el morreo en masa más numeroso... El mundo del motor, como todo en esta vida, no puede mantenerse al margen, y está repleto de records asombrosos y sorprendentes. Pero de todos, hay uno que ocupa un especial hueco en mi corazón, aunque no se explicar exactamente por qué. No es el más espectacular, es más, a día de hoy tampoco parece gran cosa, pero a mi juicio si es uno de los más significativos.
En esta industria monopolizada por los motores de combustión, caminamos poco a poco hacía la alternativa eléctrica. Sin embargo, como seguramente que bien sabes, la alternativa eléctrica existe desde hace muchos años. Que digo años, desde hace más de un siglo, y en el mundo del coche eléctrico, hubo uno que marcó un verdadero hito. Así que si me lo permites voy a conectar en condensador de fluzo para llevar a mi DeLorean más atrás en el tiempo de lo habitualmente lo hago.



Nos vamos nada más y nada menos que a principios del siglo XIX, con el comienzo de las primeras investigaciones sobre electromagnetismo. Apareció la primera locomotora eléctrica (que solo se movía a 6 Km/h) en el año 1835, y posteriormente el primer carruaje de tracción eléctrica con pila no recargable en 1839. Y le siguieron una línea electrificada para trolebuses y trenes.
A finales de siglo, los coches eléctricos dominaban el mercado, y el ese ansia por destacar que todos llevamos dentro comenzó a aflorar. De entre ellos, destacó un señor llamado Camille Jenatzy, que diseño un coche con un único propósito: superar la inalcanzable barrera de los 100 Km/h. Hasta entonces, la marca estaba situada en los 92,78 Km/ h que el Conde Gaston de Chasseloup-Laubat estableció el 4 de marzo de 1899 en Ivelines, Francia. Sin embargo, lo que más me gusta de esta historia, es que el verdadero propósito de este hito no fue batir la marca mencionada, sino en realidad fue el espíritu competitivo. Porque para ganar en la pista, primero hay que ganar en el garaje. Nuestros dos competidores eran, por un lado el belga Camille Jenatzy, hijo de Constand Jenatzy, fabricante de neumáticos de caucho. Y por otro, el fabricantes francés Jeantaud. Finalmente, el gato al agua se lo llevó Jenatzy gracias a su “torpedo rodante”.
Pero vayamos por partes.Queriendo hacerse un hueco en el prometedor mercado parisino de vehículos eléctricos, Jenatzy creó una planta de producción que fabricó numerosos carruajes de motor eléctrico, y pronto comezó su feroz competencia con el mencionado Jeantaud. Para batir a éste en la tan disputada carrera por alcanzar los 100 Km/h, Jeantzy se sirvió de sus estudios de ingeniería para crear un coche con carrocería de aleación ligera de aluminio, tungsteno y magnesio. Su forma tenía forma de bala (según un sheriff), torpedo (según un militar), o supositorio (según un famaceutico), con el propósito de hacerlo lo más aerodinámico posible, la cual se vio perjudicada por su alto y vistoso chasis inferior y su alta posición de pilotaje. Estaba equipado con 2 motores eléctricos “Postel – Vinay” situados en la parte posterior que rendían una potencia de 67 caballos. Los motores actuaban directamente sobre las ruedas traseras motrices, las cuales equipaban neumáticos Michelín.
 
 
 
 
El día elegido fue el 29 de abril (según otras fuentes el 1 de mayo) del año 1899, y el lugar Achéres, Yvelines, cerca de París. El propio señor Jenatzy fue el encargado de conducir su vehículo al que bautizó como La Jamais Contente (me abstendré de hacer chistes) alcanzando una velocidad de 105,882 Km/h.
 



La hazaña ya estaba hecha, y tanto el coche como su conductor se habían ganado su sitio en las páginas de la historia del automovilismo. Pero como no, los hitos están para romperse, y tan solo tres años después, la marca de La Jamais Contente fue batido por León Serpollet, y al año siguiente, en 1903, Jenatzy recuperó su record en la “Gordon Bennet Cup”, en Athy, Irlanda, a los mandos de un Mercedes.




Finalmente, en el año 1913, Camille Jenantzy falleció de una manera estúpida, demostrando que la muerte no entiende de hazañas, méritos o genialidades. Aunque con su muerte si nos dejó un buen consejo; si te vas de cacería con los amiguetes, jamás te escondas detrás de unos arbustos para asustarlos, y más si están armados hasta los dientes. Murió de camino al hospital, montado en un Mercedes, tal y como él mismo había profetizado. La muerte no está exenta de cierta ironía.
Por su parte, todo parecía indicar que el vehículo eléctrico tenía un futuro prometedor. Sin embargo, pronto se vio condenado al olvido por culpa del motor de combustión y, sobre todo, por la fuerte apuesta que por él hizo un tal Henry Ford y su revolucionaria cadena de montaje.
Actualmente, el La Jamais Contente se encuentra expuesto en el museo del automóvil de Compiégne, Francia.



Fuentes: Wikipedia / Motorpasionfuturo / Autopasión18

13/05/2013

CarsCajadas: Darwin... ¿Donde te has metido?.

La teoría de la evolución de las especies de Darwin, y el concepto de que solo los más fuertes sobreviven revolucionó el mundo natural, social, y hasta religioso. Parece ser que en el mundo del automóvil se aplica la misma máxima, ¿o no?. Hay algunos lugares donde la evolución es más lenta que en otros...



10/05/2013

"The Driving Dead"


Hay algo que hace que me sienta profundamente orgulloso de ser español. No, no estoy hablando de Curro Romero, ni de Penélope Cruz, ni siquiera del Real Madrid o el F.C Barcelona. Estoy hablando, como no, de ser uno de los países con más donantes del órganos del mundo. Perder un ser querido es traumático, y más si es una persona joven, pero saber que su marcha puede contribuir a salvar las vidas de otras tantas personas puede considerarse como una bendición dentro de la desgracia. Hacemos esto porque sabemos que con esta acción salvaremos vidas, pero ¿donarías tu cuerpo para estudios o pruebas cuyo objetivo no es salvar vidas ahora, sino hacerlo hipotéticamente en el futuro?.
Todos sabemos que en el mundo del automóvil no cesan de realizarse pruebas de choque, tanto dependientes como independientes a los fabricantes de automóviles, para estudiar cómo responde un cuerpo humano ante un impacto y más teniendo en cuenta las diferencias que existen entre adultos varones, mujeres, ancianos, niños... Para ello se utilizan unos muñequitos que se conocen con el nombres de dummies. Pues en este mismo sentido se lleva realizando, desde hace tiempo, un estudio por parte del Instituto de Investigación en Ingeniería de Aragón, dependiente de la Universidad de Zaragoza, aunque más centrado en el comportamiento de la columna vertebral durante un impacto.
Sin embargo, en este estudio hay una pequeña novedad: los dummies son reemplazados por cuerpos donados a la ciencia. ¿Está justificado este hecho?. Según parece, para este estudio sí, o al menos eso defienden sus “cerebros”. Al centrarse en el comportamiento de la columna vertebral, las diferencias son notables, por mucho que los dummies estén fabricados para parecerse lo más posible a un cuerpo humano. Y es que, mientras que la sección torácica de la columna vertebral humana está formada por 12 vértebras que se articulan de forma flexible entre sí, en el dummy la columna es una pieza metálica totalmente rígida. Pero ahí no queda todo, la otra finalidad de esta investigación es mejorar el diseño de los actuales dummies y lograr que se comporten lo más semejantemente posible a un cuerpo humano, hasta tal punto de que no sean necesarios más ensayos con donantes.
Para que los ensayos realizados en el Instituto de Investigación fueran productivos, era necesario que estos “dummies humanos” sean preparados para que se parezcan lo máximo posible a un humano vivo. Para ello, se les implanta una serie de sensores en diversas partes del cuerpo que permiten medir con precisión como reaccionan esas estructuras durante el impacto, y posteriormente el análisis de los datos permite comparar estas medidas con las lesiones generadas.
 

 


Nos topamos entonces con la dicotomía o lucha entre ciencia y ética. ¿Es moral usar cadáveres, cuerpos de gente fallecida, aun habiendo (en teoría) consentimiento previo del difunto?.
Evidentemente no soy quien para entrar en este debate; cada uno que haga con su cuerpo lo que quiera, vivo o muerto. Lo que si resulta sorprendente es saber que la utilización de cadáveres en alguna fase del desarrollo de pruebas de choques, ha sido esencial para la evolución de algunos de los elementos de seguridad que hoy en día podemos disfrutar en nuestros vehículos, tales como el cinturón de seguridad, los cristales laminados, las sillitas infantiles, el airbag, o incluso el empleo de materiales blandos en los salpicaderos.
Así que a partir de hoy, si en un futuro tengo un accidente de tráfico (dios no quiera) y puedo contarlo, lanzaré un gracias al cielo dedicado a todos aquellos que algún día donaron voluntariamente sus cuerpos para estos estudios.

 
 
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Fuente: Tráfico y Seguridad Vial.